Bicicletas dockless y monopatines ¿realmente nos están quitando las aceras?

Mucha gente se queja de los scooters (monopatines) eléctricos y bicicletas de alquiler sin anclaje (dockless); una oleada de enfurecidos residentes culpan al proveedor del servicio y a los usuarios por la invasión de banquetas que estos “aterradores” vehículos han desatado, granjeándose amores y odios por partes iguales en el panorama de la movilidad urbana.

Compartir el espacio público es compartir derechos, pero también obligaciones.

Sin embargo, para mantener las aceras ordenas, ¿realmente dónde termina la responsabilidad de la empresa que provee el vehículo, y dónde comienza nuestra responsabilidad como usuarios?

Y algo aún más importante, ¿dónde comienza la del Estado -no sólo para regularlos-?, sino para dotar de la infraestructura adecuada para su circulación, así como para su apropiado almacenaje en las calles, sin pasar por alto la imperiosa necesidad de contar con un marco jurídico que brinde certidumbre para la seguridad de sus usuarios cuando se transportan en ellos.

Foto: Cuartoscuro

Mejorando la circulación y la calidad del aire

No obstante de las protestas que originan y de los inconvenientes que presentan en las ciudades -planeadas para el automóvil- estos nuevos medios de transporte individual, como son las bicicletas y los monopatines eléctricos sin anclaje, su presencia sirve para mejorar la circulación y la calidad del aire, especialmente en centros urbanos tan congestionados y contaminados como la Ciudad de México, y lo será todavía más, conforme aumenta la población en las ciudades.

Ahora muchos estarán pensando que lo anterior no puede ser cierto: “si sólo estorban”, “son peligrosos” entre una decenas de peros más, y se preguntan, si son tan nocivos para la ciudad ¿por qué es que los dejaron operar? Los más escépticos argumentarán simple y llanamente: corrupción. Y lo más probable es que tengan razón en más de un caso –nadie en su sano juicio, defendería a un político por beneficiarse de los bienes públicos o de corrupción-.

¿Qué es la micromovilidad?

Sin embargo, hay algo mucho más elemental y útil en la operación de estos vehículos de transporte individual que, posiblemente los quejosos no sepan, y que está marcando un génesis en la movilidad urbana.

Pues resulta que estos “latosos” vehículos para la movilidad individual: scooters y bicicletas de alquiler sin anclaje, se engloban en el término “micromovilidad”; una solución de transporte que resuelve el primer y último tramo de los trayectos diarios, es decir: el que transcurre entre la vivienda del usuario y el medio de transporte primario que podría ser: autobús, Metro, automóvil, etc., y el que se realiza entre el medio de transporte primario y el destino.

Además de que su uso propicia prácticas que contribuye a mejorar la calidad del aire de las ciudades y contribuyen a mejorar la circulación del tránsito en un intento por disuadir el uso de vehículo particular en zonas de gran afluencia y congestionadas de las ciudades. Aquí es donde la micromovilidad contribuye de forma determinante al posibilitar un medio de transporte que permite completar el último tramo del trayecto de forma rápida, cómoda y sin emisiones.

Pero desafortunadamente, algunos usuarios tiran por borda todos esos beneficios con el simple hecho de abandonar el vehículo sobre la banqueta y en cualquier lugar de ella, que es algo que, además de estar mal, entorpece el uso del espacio que ha sido creado para los peatones.

Foto: Getty Image

La regulación

No creo que nadie en su sano juicio dude que las empresas que brindan este tipo de prestación deban ser reguladas, y éstas, deban apegarse a normas claras y no eventuales que sean establecidas por el Estado, normas que busquen el beneficio del usuario y la ciudad en un esfuerzo por mejorar el servicio, pero sobre todo, la movilidad de las zonas en donde se encuentran este tipo de vehículos.

El feliz inconsciente

Sin embargo, por cada feliz usuario que elude un atasco en el tráfico a bordo de un scooter o bicicleta de alquiler, hay alguien más que ve a ese viajero como un monstruo que vino a quitarle la tranquilidad a los niños y ancianos que disfrutan de la banqueta.

Pero, esperen un momento, ¿de qué banqueta estamos hablando? si las aceras de gran parte de las ciudades son insuficientes y en ciertas zonas de plano inexistentes. Y, hoy en día, hablar de niños jugando en la calle y personas de la tercera edad haciendo ciudad es irrisorio, o al menos en la Ciudad de México, pues eso, se terminó cuando los ejes viales ganaron la batalla por la ciudad hace unas décadas.

Foto: Santa Monica NEXT

¿Cuáles banquetas?

Ahora bien, si hablamos de ese pedacito de concreto que algunos le llaman banquetas y que son estrechas, mal planeadas, que están todas llenas de hoyos, con peligrosos tornillos sobresaliendo de su superficie e irregularidades por doquier, en las que automovilistas se “trepan” sin miramiento alguno para estacionar sus flamantes automotores. Pues sí, no hay lugar para nadie más, pero sobre todo, no hay espacio para aquel peatón que sufre todo lo anterior, pueda caminar sin arriesgar su integridad a cada paso que da. Con monopatines y bicicletas en ella o sin ellos.

Y oiga usted, no hay derecho, si los peatones: no generamos ni riesgo alguno, pero eso sí, asumimos todos los riesgos que generan los demás medios de transporte.  

Foto: Abriendo Brecha

Repartiendo culpas

Pero antes de seguir repartiendo culpas y multar a empresas de micromovilidad y amedrentar usuarios con pasar unas horas en el “Torito” como lo propone en la Ciudad de México la diputada local Gabriela Salido, a mí en lo personal me parece que antes de regular  y prohibir, hay un problema mucho más grande: nuestra carencia de infraestructura y, cuando por algún azar del destino la hay, no se mantiene al día con el crecimiento y la innovación de la movilidad. O sea es inservible o, medio le sirve al verdadero amo de la ciudad: al automóvil para estacionarse –pero “nada más tantito” como muchos automovilistas se aventuran a decir-.

Sin infraestructura no hay paraíso

Entonces, si no hay por dónde circular de manera eficiente y segura en estos vehículos, y se niegan a quitarle al automóvil unos metros de su reino para poder ubicarlos de manera que no estorben el paso de peatones por las aceras, realmente ¿qué es lo que buscamos con estos reclamos? E insisto, es necesario que los usuarios aprendan a utilizarlos con orden, y que sean reguladas las empresas para que su operación y el cuidado de nuestros datos personales sea diligente, su operación transparente y nuestros traslados seguros y efectivos.

Sin embargo el que se les prohíba como algunos quieren imponer es más un problema con tintes de intereses monetarios; políticos, e incluso de clasismo, que la justa necesidad del orden en el espacio público.

Foto: El Norte

Cafres en monopatín

Sin duda hay algunos cafres montados en estos monopatines, así como en las bicicletas, pero es ridículo pensar que el grueso de sus usuarios hace mal uso del espacio público por capricho o para entrar en una fría, calculada y premeditada discusión con el peatón más próximo.

Razón por lo que lo siguiente, me parece relevante en la discusión del scooter y la bici sin anclaje: sus pasajeros están usando las aceras porque las calles son demasiado peligrosas debido a la escasez de infraestructura y el número creciente de conductores, que en muchos casos pueden ser agresivos y distraídos, y en el mayor número de casos ambos.

Y muchos de esos quejosos vecinos que los quieren fuera de las calles, son precisamente automovilistas distraídos y agresivos que han declarado la guerra a la micromovilidad.

Desafortunadamente su enojo en muchos casos no es infundado, y acompañan sus reclamos con fotos que ponen en evidencia a estos desordenados ciudadanos que dejan esparcidos por las aceras esas bicicletas y monopatines como si se tratasen de sus descuidados juguetes.

Foto: Cuartoscuro

Aceptemos nuestra responsabilidad

Si bien los conductores de scooters y bicicletas sin anclaje no deberíamos ser imprudentes y mucho menos circular por banquetas, también debemos ser reflexivos y comenzar a preocuparnos por los demás. Sí, uno usa este tipo de vehículos por la comodidad y lo eficiente de su uso, pero eso no significa que tengamos el autoproclamado derecho de dejarlos en donde nos dé la gana.

Teniendo en cuenta las demandas y desafíos que presentan las ciudades de hoy para recuperar la relación entre el individuo, la sociedad y su entorno urbano, tenemos la obligación de pensar que la interacción social es una de las necesidades primordiales para garantizar la armonía del sistema de vida urbano. Para ello, es necesario que comencemos a dejar de pensar que vivos solos y que seamos conscientes de que hay más gente tratando de convivir en el mismo espacio.

Orden y más orden es lo que nos da la libertad de vivir en una ciudad armoniosa, sin orden en las calles todos estamos expuestos a vivir en el peor de los caos y no tenemos derecho a reclamar absolutamente nada, cuando mucho, a jugarle al más fuerte y hacer valer nuestra voluntad a base de “trompadas”.

El espacio público en las ciudades son lugares de comunidad e individualismo, soledad y unión. Y si queremos vivir en una armoniosa comunidad, todos, pero absolutamente todos, nos debemos apegar a una clase de contrato social en donde, nadie esté por encima de la Ley,  y en donde todos tengamos los mismos derecho, incluso, y sin afectar a terceros, para transportarnos.

Foto: Cuartoscuro

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