Parafraseando a Leonardo Da Vinci: “como un día de buen pedaleado trae un sueño feliz, la vida bien utilizada trae una muerte feliz”.

Hablar de la muerte no es fácil, aceptarla mucho menos, pero independientemente de la raza, creencias, área geográfica o periodo de tiempo, llega el momento en la vida de toda persona en el que se ha preguntado alguna vez por el único hecho de la vida que unifica al rico y al pobre, al fuerte y al débil, a la mujer y al hombre, a automovilistas y ciclistas, a todos por igual: la muerte.

¿A dónde vamos al morir?

A lo largo de la historia, diferentes mitologías y teologías han hecho sus mejores esfuerzos  por explicar la naturaleza de la muerte de innumerables maneras, desde la desaparición total del Ser, hasta la vida después de la muerte.

¿Vivimos después de la muerte? ¿Si es así, a qué lugar vamos? ¿Qué le sucede a mi cuerpo? ¿Qué le sucede a la conciencia de mí mismo? En lo personal, creo que lo único que le da descanso a nuestras mentes después de la muerte de un ser cercano es el duelo, también soy consciente de que cada quien procesa su duelo como mejor puede o le conviene, pero debo insistir en que el duelo, ese proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida, es la forma más sencilla de comprender la naturaleza de la muerte, de ver su belleza y la lógica del plan del universo para aceptarla.

Sin embargo, independientemente del sistema de creencias particular de cada persona, el hecho es que la muerte es el final de la vida, o al menos la vida tal como la conocemos. La muerte en realidad está envuelta en un profundo misterio, cobijada en la obscuridad y generalmente rodeada de miedo y aprensión. La sola idea de la muerte produce miedo en los corazones de muchas personas, pero ese miedo parece pertenecer más al hombre moderno que a nuestros ancestros.

Colocación de Bici Blanca en la Ciudad de México

La vida como preparación para morir

En las civilizaciones del pasado, la vida se concebía como una fase más, cuya meta podría ser otra dimensión, mejor o peor, pero todo el camino de la vida era una preparación consciente para morir. Ahora no, el miedo irracional que nos provoca nos hace evadirla a toda costa, complicando finalmente el proceso psicológico del duelo. Al final no queremos ver ni aceptar que llegará el momento en que nuestros seres queridos ya no estarán, y que algún día, también nosotros moriremos, pero ténganlo por seguro que a todos nos va a llegar, esa es una cita de la cual nadie se escapa y tarde o temprano a todos nos tocará a hacer ese último viaje sin retorno.

En ese contexto, y no obstante que pareciera que somos inmaduros ante tan importante e ineludible tema, una vez más los ciclistas se unen en busca de sensibilizar e incidir en la sociedad para que se recapacite con en el fin de percibir el valor y la importancia de la muerte de los ciclistas que ocurre por la falta de la seguridad vial.

La característica forma en que la que grupos ciclistas y los entusiastas del ciclismo urbano lo han estado haciendo, es a través de la llamada Bicicleta Blanca o Bicicleta Fantasma que, a manera de duelo y por supuesto de homenaje póstumo a ciclistas que han perdido la vida haciendo lo que más les gustaba que era andar en bicicleta.

Bici Blanca, Zaragoza, España. Foto: Toni Galán

Qué es la bicicleta blanca

Pero ¿qué es una bicicleta blanca? ¿Para qué sirve? ¿Quién la creó?

Bueno, este memorial es una bicicleta completamente pintada en blanco que, es colocada donde se supone que un ciclista ha sido asesinado o severamente herido; generalmente por un automovilista.  Además de su función de homenaje, la bici blanca pretende recordar a los automovilistas que pasan por el lugar de su colación, su obligación de compartir la calle con otros usuarios más vulnerables que su automotor. En muchos casos, la bicicleta blanca -que se la encadena a algún elemento o mobiliario urbano fijo- suele tener un cartel en donde se aclara en homenaje a quién ha sido colocada en el lugar.

Foto: Wikipedia / Creatives Commons

Orígenes de la Bici Blanca o Ghost Bike

Ahora bien, ¿quién la creó? Es una pregunta cuya respuesta se ha diluido con el tiempo, pero de acuerdo al diario británico The Guardian, la primera bici blanca de esta clase fue registrada en St. Louis, Missouri, EE.UU, en el año 2003. Patrick van der Tuin, testigo de la colisión entre un automotor y una bicicleta, la colocó en el punto exacto de la ciclovía donde murió el ciclista. Patrick colocó además una placa en la bici con el siguiente texto: “Un ciclista fue chocado aquí”.

En otro lugar de los Estados Unidos, un artista de San Francisco llamado Jo Slota, desarrolló un proyecto que bautizó como Ghost Bike.  Slota pintaba de blanco bicicletas abandonadas en la vía pública o partes de ellas y las utilizaba para fotografiarlas y publicar esas fotos en su página web.

Las veo como bicis muertas y pintar su esqueleto apunta a enfatizar su cualidad fantasmal”, explicaba el fotógrafo. Cuando Slota detectó las bicis blancas cuya tradición como memorial había iniciado Patrick van der Tuin, inicialmente se sintió molesto por el uso de su creación, pero al poco tiempo, no sólo aceptó la “competencia” sino que apreció su cometido: “El proyecto Ghost Bike tiene vida propia -afirmó- y espero que salve y mejore la vida de los ciclistas de todo el mundo. Ser incluso una pequeña parte de eso es muy gratificante y satisfactorio para mí.

Bici blanca, Berlín. Foto: Bukk Own

Bici Blanca un memorial para generar conciencia

El movimiento se extendió al mundo entero y estoy seguro que has visto alguna de esas inmóviles bicicletas blancas en algún punto en tu ciudad marcando el lugar de la fatídica pérdida de una vida humana, una existencia que independientemente de lo que haya hecho en vida, es un recordatorio de alguien que, al menos por un momento, buscó mejorar su vida y la de los habitantes de su ciudad. Murió por usar la bicicleta, pero en el intento, ayudó a mejorar la congestión vial, contribuyó a cambiar la fisonomía de su ciudad y evitó emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Los muertos nunca se quedan en la tumba. No para la gente que los amó y, hoy, esos ciclistas son más que un recuerdo en la mente de sus seres más cercanos, pero para nosotros, deben ser un recordatorio de que en este mundo, aunque no pase muy a menudo, aún hay gente que pone lo mejor de sí mismo por un bien común.