Para muchas y muchos de nosotros la bicicleta deja de ser un simple objeto, es nuestra leal compañera y convierte un simple viaje en toda una aventura.

Oda a mi bici

Te vi por primera vez, hace ya años atrás, en casa de un amigo que vendía todo para irse a otro país. Estabas ahí, apoyada en la pared de un oscuro depósito.

Te levanté para sacarte al jardín y me sorprendió lo liviana que eras; luego vi lo demás: marca y modelo de fama, fabricada en EEUU en 1997, talla M, marco niquelado y componentes de alta gama, todo original. Entonces ya tenías más de 10 años, pero también tenías alcurnia; como señora de clase alta. Y eso impresiona a los que no alcanzamos a tu clase.

Diez minutos de mirar y re mirar y ya me había enamorado de ti. Tanto, que pasé por alto que tu talla era M y yo necesitaba una bici talla S, y pasé también por alto los miles de km que hiciste con tu anterior dueño.

Antes y después vi otras bicis de precio similar, recién importadas y marcas famosas y mis amigos me alertaron que en poco tiempo tendría que comprar repuestos que me afectarían a mi bolsillo. Pero ya no tenía opción ni escapatoria y un día te llevé a casa.

A fuerza de paños y cremas te hice brillar hasta ponerte como nueva. Tú estabas linda y yo orgulloso de haberte sacado de ese rincón para que seas mi compañera “hasta que la muerte nos separe”, como dicen en los matrimonios.

Ajusté todo lo que pude para que tu talla sea “S” y no “M” pero creo que al final yo me acomodé a tu tamaño, pese a toda la teoría sobre los efectos de no usar la talla adecuada. Felizmente nos entendimos y seguimos adelante.

En poco tiempo tú y yo dejamos de tener secretos y pasamos a ser una pareja inseparable. Viajamos mucho, y en cada viaje enfrentamos al destino sin saber lo que nos esperaba en la ruta; tuvimos un sin fin de aventuras, pocas con momentos difíciles y muchas con momentos gratos en los que no nos cambiábamos por nadie; siempre volviendo juntos a casa, yo quemado por el sol, cubierto de polvo, hambriento, sediento y cansado pero feliz con mi sonrisa para disimular mi cansancio y tú con aire de “fue apenas un paseíto más”.

Y así empezó una historia de amor, te hiciste cada vez más imprescindible en mis paseos y contaba, a quien quería escucharme, de tu excelente desempeño como compañera de aventuras. Nuestras rutas eran cada vez más largas, trepamos montañas por doquier. Por culpa de mis temores te hice sufrir en los descensos al frenar tus ímpetus de vuelo.

Mis amigos ciclistas, que sí conocían de bicis, te miraban displicentes (frenos de tacos en épocas de disco?, amortiguador no bloqueable desde el manillar? Humm…). Y cuando llegaron los marcos de carbono, los aros 27.5” y 29”, platos únicos en lugar de 3, etc., etc., ellos me insistían para que me actualice y te cambie por otra bici. Estaban locos!

Pero con los años llegó la necesidad de cambiar componentes desgastados, lamentablemente unas veces por inexistentes y otras por su costo, tuve que reemplazar componentes de menor rango, fue quizá humillante para ti pero en esos momentos no había otra solución. No obstante, seguiste siendo fiel pese a tus “parches” inadecuados para tu alcurnia y trabajando como siempre.

Ya son muchos años de una entrañable amistad que me llevó a sentirme realizado en cada ruta que hicimos. Calor, frío, viento, lluvia, nada de eso nos privaba de sentirnos felices, solo nos interesaba disfrutar cada momento de la ruta, antes que se disuelva en el recuerdo.

Se dice que las cosas no tienen alma, yo no sé si será así pero me gustaría decirte hoy que tú seguirás siendo mi fiel compañera, hasta que llegue la hora de que me obliguen a bajarme de la bici. Lo que no será posible mientras me quede algo de energía y ganas de vivir.

Fotos – Jorge Cordero