Ante la ola de violencia visible e invisible contra las mujeres que deciden vivir libres, compartimos la primera parte de un texto dedicado a las mujeres ciclo viajeras.
Parte 1.

Prefiero vivir que no vivir. Y para mí, y para toda la gente que amo, vivir significa salir, viajar, hablar, escuchar, probar, descubrir, mirar, conocer, maravillarse, experimentar. Es decir, eso que algunos llaman correr riesgos.
Del texto Viajo sola, a mí me mata el asesino, por María Fernanda Ampuerto.

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Siempre sentí un poquito de envidia ante su firme decisión de vivir, de viajar por el mundo, de pedalearlo. Me dije que se necesitaba entereza y carácter para dejar “las comodidades de la vida”, esas que nos hacen creer que necesitamos, claro, además de ese empujoncito a ojos cerrados, de ese impulso que vendrá de “no sé dónde”. Este pensamiento se ha repetido cada vez que tengo la oportunidad de coincidir con una ciclo viajera.

Autonombrada cicloactivista/feminista, tengo claro que el espacio público no se percibe igual si eres mujer, mujer indígena, mujer joven, hombre adulto, niño, lesbiana, transgénero, homosexual, que las variables admiten particularidades que se pueden convertir en riesgos.

Esta experiencia en la ciudad se traslada a cualquier espacio que transitamos, ¿en qué medio lo hacemos? ¿A qué hora? ¿Con quién? Son preguntas importantes a la hora de entender el porqué de ciertos sucesos.

Ante esta realidad, ser mujer* y decidir viajar – recorrer el mundo en bicicleta es asumir los costos de un género que es percibido como vulnerable y violentable. Pero el problema no es lo que somos, sino la percepción del mundo hacia nosotras, lo que nos han dicho que podemos y que no podemos hacer, pensar y hasta soñar.

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Y sólo muerta entendí que no, que para el mundo yo no soy igual a un hombre. Que morir fue mi culpa, que siempre va a ser.
Del texto Ayer me mataron, por Guadalupe Acosta.

Marina Menegazzo, de 22 años, y María José Coni, de 21, eran dos jóvenes viajeras de Argentina que desaparecieron y fueron asesinadas en Montañita, Ecuador durante sus vacaciones. Su historia (o la historia que las autoridades, los medios nos compartieron) generó indignación y alerta a través de las redes sociales, además que desató un debate que deja entrever que éste, no es un hecho de violencia de género aislado. Nuevamente el manejo de la información a través de autoridades y medios insensibles, generaron una re-victimización, además de la invisibilización de un grave problema.

¿En qué momento las mujeres* retrocedimos en la conquista de nuestros derechos a vivir libres, transitar y ocupar los espacios, a tomar decisiones sobre nuestrxs cuerpxs?

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Viajar en bicicleta es una práctica común en muchas partes del mundo, durante las vacaciones, en un año sabático o como forma de vida, implica organización, habilidades para sobrevivir al aire libre, hacerte cargo de la bicicleta, adaptación al clima, entre muchas otras cosas, pero detrás de ello está una fe profunda en las personas, en esa red invisible de solidaridad, de apoyo.

Durante el par de años que viví en Guadalajara vi pasar a muchxs cicloviajerxs, algunxs se quedaron más que otrxs, (se quedaron más en nuestros corazones y vidas) pero ante ninguna historia dejé de sorprenderme. La casa ciclista ha sido -la casa lejos de sus casas-, el lugar para tejer esas redes de soporte y afectos.

Una mujer* ciclo viajera pedaleando sola o acompañada de otra mujer* representa un acto de libertad donde se asumen costos muy altos que para muchxs resultan invisibles. No invisibilizo el hecho de que viajar en bicicleta sea en sí mismo un acto riesgoso sin importar el género, pero es una realidad que la violencia de género paraliza a las mujeres y que los discursos del Estado, medios de comunicación y sociedad nos remiten nuevamente a nuestros hogares para mantenernos “a salvo”.

¡No salgas sola por la noche!, ¡Cuida como vas vestida, ¡Compórtate como señorita!, ¡No busques lo que no tienes! Son algunas frases que las mujeres* escuchamos constantemente y son parte de un pensamiento que nos educa como seres indefensos, nos limita a vivir y nos cuesta la vida.

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América Latina es la región de mayor violencia en contra de las mujeres. De los 25 países con la mayor tasa de feminicidios, diez se encuentran en esta zona. Además, Honduras, El Salvador y México están entre los cinco países del mundo con el mayor crecimiento en las tasas de homicidios de niñas y mujeres.
Arturo Ángel, para Animal político. Mayo 2015.


Para cambiar nuestra realidad, para no tener que escuchar más noticias como la de Marina y María José, para reducir los 7 feminicidios diarios en México* y la violencia que viven las mujeres* de México y el mundo, es necesario comenzar por nuestra educación.
Queremos que la bicicleta sea una opción viable y segura para las mujeres y jóvenes que sueñan con viajar y moverse en el lugar donde viven con más libertad, para ello considero necesario hacer visibles a todas las mujeres* que ya están haciéndolo, compartir experiencias, lograr ser capaces de hacernos cargo de nuestros vehículos, pero sobre todo educarnos para asumir el riesgo de vivir.
¡No están solas! Quienes han decidido que el miedo no las paralice, quienes han dejado su educación de –señorita de sala- colgada en su armario, quienes se lanzan al mundo a vivir, a experimentar, a inspirar.
Celebro la decisión y el valor de todas las mujeres ciclo viajeras que ahora mismo están pedaleando los caminos y carreteras del mundo. ¡No están solas!

*Mujer / Mujeres: Término que con el que refiero a mujeres, lesbianas, trans y gente que se identifica como mujer.
*La pluralización en masculino representa un orden social sexista que practicamos sin darnos cuenta. Por ello se utiliza la letra “x” al pluralizar y referirse a personas que pudieran ser hombres y/o mujeres.
* La cifra de feminicidios en México es un dato de Naciones Unidas.

Referencias:
Anfibia
Animal Politico