Muchos años disfruté de la bici recorriendo sendas, caminos y carreteras, solo o con amigos, admirando paisajes, conociendo pueblos y su gente. Pero un día me tocó iniciarme en el ciclismo urbano. Fue por necesidad, pues vivo a unos 10 km del centro y cada vez era más complicado ir en coche por falta de estacionamientos o el tráfico pesado.

Vivo en una ciudad como muchas en Latinoamérica con casi un millón de habitantes, con un centro cívico – comercial con calles estrechas. Como en muchas ciudades también, con desorden de vehículos y gente, donde las reglas que valen son más las originadas en la costumbre antes que las que están en papel.

Mi primer viaje de mi casa al centro en bici fue un día hábil. Para llegar a mi destino debo viajar por calles y avenidas donde obviamente hay semáforos y eventualmente algún policía de tránsito. Salí de casa a las 7:30 a.m. es decir en hora de punta; en el primer km me encontré con un tráfico vehicular pesado y desordenado, vehículos particulares con papás llevando a sus hijos al colegio viajando a velocidades de autopista pues siempre están atrasados (no sus hijos, los padres), universitarios que normalmente andan más atrasados aún, vehículos de servicio público, grandes y pequeños quienes se atribuyen el derecho de parar para recoger y dejar pasajeros donde les plazca y lejos de las veredas, motocicletas haciendo piruetas para adelantar a los vehículos y esquivar a la gente de a pie, que dicho sea de paso, asumían que toda la calle era exclusivamente para ellos.

Es decir tenía ante mí el caos y la anarquía que no veía en mis paseos al campo. No sé si fue por necesidad o por capricho que decidí tomar el reto de hacerme un espacio para viajar en medio de ese caos de modo que quité las trabas del pedal, puse dos dedos en cada freno y finalmente acepté que el viaje me tomaría mucho tiempo más que el previsto. Y fui adelante.

El primer km hice muchas paradas, no por los semáforos sino por la gente que me veía como a un intruso pues me interponía en su camino por las calles (no, no fui por la acera). Con los vehículos era otra cosa, simplemente me ignoraban o me tocaban bocina para que salga de allí. El que avance casi pegado a la acera no era suficiente para ellos.

Ya en el km 4 aproximadamente, me di cuenta que los vehículos frenados por el semáforo me daban la opción de avanzar más libremente pero para ello yo tenía que pasar en rojo. Y… lo hice con las debidas precauciones (una ventajita para la bici, pensé). Eso me alentó a seguir pues mi velocidad hasta entonces casi era la misma que si simplemente caminara.

Cuando llegué a la zona central de la ciudad encontré más orden pero calles más estrechas, lo cual me obligaba a avanzar entre la fila de vehículos estacionados y los que transitaban. Me armé de coraje pues ya estaba cerca mi destino, pero con los nervios en punta pues el margen que tenía eran unos 30 cm a cada lado, lo cual era poco para maniobrar ante un pequeño desvío de los motorizados (claro, mis dedos seguían en la palanca de frenos). Cuando estaba en ello, recordé una campaña para que los conductores respeten una distancia de metro y medio y no pude reprimir mi desaliento.

Ya en mi destino, encontré un sitio donde dejar mi bici y la encadené a un poste ya que no hay sitios apropiados para guardar bicis. De todos modos cuando podía salía a ver si mi bici aún estaba allí.

El retorno a casa fue algo más tranquilo, porque no era hora de punta. El solo hecho de estar entero hasta entonces me dio confianza aunque no por ello bajé mis precauciones, mis dedos seguían en su lugar: en las palancas de frenos. Llegué a casa y me sentí como si hubiese alcanzado la cima de la montaña más alta, emocionado de mi “proeza” y de poder contarlo con todo detalle. Obviamente no comenté con mi familia mis temores y angustias pero igual me calificaron de imprudente.

Y, como pasa cuando te zambulles a una piscina de agua fría: a los pocos minutos dejas de sentir frío y disfrutas de la piscina. Eso mismo me pasó y, lo que es mejor, empecé a disfrutar del ciclismo urbano, ¿porque qué ciclista no se siente feliz de dejar atrás a un vehículo esperando se despeje su camino? Debo reconocer que yo sí los miro al pasar con displicencia, quizá sea mi terapia psicológica. Pero además, me liberé de ir en coche a la ciudad y dar vueltas para encontrar estacionamiento (pagado desde luego, porque el gratuito está lejos del centro). Me liberé de ir como pepino enlatado en los buses y minibuses. Me ahorré dinero por la gasolina de mi coche y me beneficié de todas las ya conocidas ventajas físicas y mentales que nos da la bici.

Puedo resumir esto diciendo que una vez que di el primer paso como comenté más arriba, lo demás fue solo rutina. Hoy no me cuesta nada tomar mi bici y hacer una vuelta de 10 km para comprar el pan de mi preferencia, no me asustan las aglomeraciones de gente porque sé que puedo cruzar normalmente, voy entendiendo el lenguaje de comunicación con los conductores de vehículos, me llevo bien con ellos aunque nunca faltan los que se sienten superiores por estar sobre 2 toneladas de metal o los que tienen algún trauma con los ciclistas, pero son los menos. Llegar a casa luego de haber superado las dificultades que eventualmente encuentro en la calle es equivalente a cuando regreso de un paseo donde alcancé mi meta.

Quiero destacar que, como en todo, la rutina es muy útil. Si mi primera salida me hizo doler la cabeza por tensión, la rutina de viajar por la ciudad pronto me demostró que, con alguna precaución, es completamente factible “hacerse campo” en medio del caos de la calle, que todos encontramos un sitio por el que podemos circular sin grandes riesgos ni sacrificios. Además, aquí también se repite la regla de que nunca hay dos viajes iguales, y eso es lo mejor del ciclismo, pues cada salida es una experiencia nueva, lo cual también te deja mentalmente renovado y listo para el siguiente desafío.
El argumento que se escucha a menudo “no uso la bici porque pedalear en la ciudad es peligroso” simplemente no es cierto, es solo un pretexto para no subirse a la bici. Los peligros los genera uno pretendiendo ir a más velocidad que los autos, avanzando en zig-zag o haciendo piruetas para impresionar a la gente. De esa forma todo se vuelve peligroso y contra ello no hay nada que hacer.

¿Cómo comenzaste tú en el ciclismo urbano? Cuéntanos tu experiencia dejándonos tu comentario aquí abajo.