En muchas ocasiones ya hemos hablado de los temores que impiden andar en bicicleta, ahora es justo que hablemos de las muchas formas en que la vida de los lectores se enriquece montando una bicicleta.

Hace poco hablé con algunos amigos sobre este muy especial tema para mí, y es raro, porque no todos fueron capaces de entenderlo. Les comentaba como nuestra bicicleta puede llegar a sentirse como una persona muy especial para cada uno de nosotros, como una chica o chico de la que estás enamorado.

Cuando oyes su voz, cuando entiendes cómo se comporta, cuando te encanta su forma de moverse y de ser, pues todo eso, y mucho más, son aplicables a nuestra bici.

No, no estoy loco, simplemente con los kilómetros pedaleados ha nacido una conexión con mi bici. Y estoy seguro que tú sí me comprendes.

Mi bicicleta y yo


En la mañana cuando te montas en ella y comienzas a pedalear, el siseo de su cadena es como una voz que te dice “¿Hola, cómo estás hoy?”, cuando la tomas firmemente por el manubrio y la conduces por la ciudad es como si todo a tu alrededor desapareciera y, comenzarás a bailar esa canción que siempre te ha hecho sonreír y que quieres que dure para siempre. ¡No hay otra bici igual!

Muchas otras personas cuando piensan en su bicicleta, se piensan ataviados con licra, yendo a toda velocidad montados en aerodinámicas bicicletas hechas de fibra de carbono que apenas parecen lo suficientemente fuertes para llevar a sus jinetes; la ven como un mero instrumento para ejercitarse.

Si bien ambas formas de ver a la bicicleta tienen sus beneficios y daños –posiblemente mi visión les parezca muy cursi- la verdad es que ambas son ciertas y extienden el alcance de lo que una simple bicicleta puede ser capaz de hacer por nosotros.

Pues eso justamente es lo que amo de mi bicicleta; precisamente eso es lo que fundó un vínculo casi indestructible, inalterable, firme y persistente, que ha nacido entre ella y yo. Y en el que, sencillamente su alcance es tan amplio como mis piernas nos puedan llevar.

La bici es una fiel compañera

Si mis piernas tuvieran un contador que midiera el movimiento durante toda su vida, registraría más revoluciones que pasos. De hecho, casi nunca camino –soy muy flojo- a ninguna parte a menos que tenga que, desde mi silla de la oficina levantarme y caminar para obtener café, posiblemente subir escaleras, visitar el baño, entrar en algún barecillo, o ir a una reunión. Pero, probablemente iría en bici si me estuviera permitido.

A medida que el uso de la bici se vuelve más popular, fantaseo un poco acerca de las muchas personas que pronto podrán andar en bicicleta. La idea de que podríamos evolucionar como sociedad y usar la bicicleta para hacer ejercicio y transportarnos me agrada inmensamente.

Sueños en bicicleta

Ciclista urbano con su bici
Me agrada tanto, como leer la obra de ficción de Flann O’Brien, The Third Policeman, novela obscura donde el protagonista desarrolla el argumento en una comisaría de policía bidemencional y se introduce en la “Teoría Atómica”, su relación con las bicicletas y la existencia de la eternidad.

Imagino un futuro en la que todos tenemos bicicletas para movernos, sí, a todos lados y sin temor, pero eternamente en bicicleta. Un futuro en donde podemos recorrer la ciudad en silencio y sin contaminación, un futuro en donde puedo oír el siseo de los ejes de mi bicicleta brindándole silencio y paz a la ciudad que habito.

Un futuro en donde he intercambiado átomos de mi ADN con mi bicicleta. Como aquellos carteros, o afiladores de mi niñez que, por ejemplo, se convirtieron en gran medida en bicicletas y, al igual que muchos otros oficios en los que se utiliza la bici como parte del trabajo, sus jinetes han desarrollado rasgos y comportamiento de bicicleta, tales como apoyarse regularmente contra las paredes o, cuando están en reposo, tener un pie en la acera.

A ese grado ha llegado mi vínculo con la bicicleta. Desde muy pequeño –claro también eran otros tiempos- mi bicicleta me ha llevado a todos lados, a la primaria, a la universidad, a esa primera cita romántica en la que con un beso selle mi amor por Teresa. Y mi bicicleta siempre estuvo ahí.

La bicicleta es amor

ciclismo urbano medio ambiente

Actualmente, esta tesis de amor no parece tener final: mi bicicleta siempre está conmigo cuando más la necesito; me encanta demostrarle mi amor y ella no para de hacer lo mismo conmigo. No necesito hablar, ella siempre resuelve cualquier angustia o cualquier enojo. Simplemente me subo en ella y a pedalear para que todo quede atrás.

Con ella, siempre puedo ser yo mismo, y siempre, me hace sentir bien, no me recrimina y siempre soy su prioridad, siempre me ha llevado sano y salvo a cualquier parte a la que yo haya o quiera ir, desde recorrer el país de norte a sur, hasta ir y regresar al trabajo.

Si es cierto que los vínculos afectivos estarían determinados por diferentes estilos de apego, cuyo objetivo es buscar protección y seguridad emocional. Entonces, nadie, me podrá arrebatar el vínculo afectivo que tengo con mi bicicleta.

Compromiso y complicidad. “Si te llevo es para que me lleves”. Cerati parece haberse inspirado en la bicicleta cuando compuso esa canción. Pues así me siento yo con mi bici. En compromiso y en complicidad. Si la llevo es para que me lleve.  Y tú ¿cómo te sientes con tu bicicleta?